Ana Iris Simón: “Los feriantes son últimos nómadas que resisten”

Por Alba Martínez Vicente

En este nuevo podcast conversamos con Ana Iris Simón, autora de Feria, un trabajo en el que convierte sus recuerdos infantiles en crónicas periodísticas de la España interior de finales del siglo XX. Un retrato costumbrista de la infancia vivida entre Ontígola y Campo de Criptana, entre una familia materna feriante y una familia paterna agricultora.

Entrevista de Alba MM. Vicente y José An. Montero.

La vida cotidiana no se construye con los grandes acontecimientos de la Historia, sino con las pequeñas historias que van hilando nuestra día a día. Crónicas cotidianas que nunca aparecerán delante de los focos, sino es para destacar sus rarezas o sus miserias. En Feria, Ana Iris Simón no sólo relata su infancia, sino que a través de ella, relata la infancia generacional de los que nacidos en los años noventa, llegaron a la vida adulta a la par de la crisis de 2008. 

Una infancia generacional recordada casi como un sueño edénico de tiempos en los que sus padres, a la edad que ellos tienen ahora, tenían una casa, un coche y sus primeros hijos. “Al final a todos nos toca vivir alguna crisis, si es que no vivimos en una constante. Recuerdo a mi padre en el instituto diciéndome que iba a ser mileurista y aquello era terrible y ahora cobrar mil euros es un éxito en periodismo, es muy precario. ¿Salimos en algún momento de la crisis de 2008 o nos vendieron la dialéctica de que ya estaba superado? Y ahora esta crisis con cuatro millones de parados, nos ha pillado con treinta años y compartiendo piso. Cada generación lo vive de una manera, pero es una realidad que nos llega a todos”, Ana Iris.

Feria transmite la esencia de la España que fue, de la que muchos percibimos recuerdos al leerlo. “Si alguna vez alguien me pregunta a qué huele España responderé que a esa habitación, a la cocinilla, que cuando estaba mi abuela también olía a veces al jabón que hacía ella” escribe en su libro. Una España que ha perdido ese aroma. “Con poco que uno haya sido feliz en un lugar en su infancia, tanto geográfico como temporal, queda como una especie de película con grano y es muy difícil no romantizar, querer en cierto modo volver. Sobre todo cuando en el horizonte solo hay incertidumbre. Creo que cualquier tiempo futuro no es por defecto mejor, siento que el hombre moderno rinde culto al futuro en lugar de buscar conocimiento en el pasado, rechaza todo lo que hicieron antes que nosotros en vez de coger el testigo y tratar de aprender. Hubo gente que señaló la globalización, pero al final todo el mundo la abrazó acríticamente, “por fin la modernidad”, hemos dejado muchas cosas atrás” cuenta Ana Iris Simón. 

La mayor parte de la población española desciende de zonas rurales y muchas veces no conocemos la realidad más allá de la urbe, “en las ciudades no sabíamos de na”, le dijo su abuelo y aún así seguimos llevando este estilo de vida. Las ciudades tienen un tejido social distinto. “En los pueblos, o lo rural que parece que ahora queda mejor, tiene una lógica diferente. En la ciudad uno elige con quién socializar. Todos se mueven en burbujas, se tiende a relacionarte con personas con tus mismos pensamientos”.

“En un pueblo incluso por clases, los ricos y los pobres se juntan mucho más, se conocen, tienen menos donde elegir la ideología o los gustos de sus amigos. En ese sentido vivir en un pueblo te da una imagen mucho más global y rica de lo que es la realidad. Parece paradójico pero te relacionas con personas más distintas. Cuando me mudé a Madrid lo viví, sentía que todo el tiempo estaba con personas de mi barrio, con profesiones parecidas, quienes yo elegía y mi visión del mundo se estrechaba. Cuando vuelves al pueblo vas a la plaza y te reunes lo mismo con el encofrador que con el cristalero y no estás en círculos endogámicos. Se dan distintas lógicas” continúa Ana Iris.

“¿Cómo me voy a sentir orgullosa de la profesión de mis abuelos si todo el tiempo me estaban diciendo que yo no tenía que ser feriante, que yo me tenía que subir a eso que llamaban ascensor social? En los pueblos ocurre lo mismo ¿cómo vas a amar al lugar que perteneces si no vas a tener otra que marcharte?. Está cambiando, pero el que se iba era un triunfador y el que se quedaba en el pueblo era un paleto. Muchas veces los que nos fuimos éramos los equivocados por no saber ver que nuestros lugares de procedencia y de pertenencia eran mucho más grandes que lo que alcanzamos a ver”, reflexiona.

La tragedia es que aún sabiendo que hay otras formas de vida, que no pasan por el mito del mercado, las repudiamos porque creemos que abandonarlas significa progresar y yo creo que la misma realidad nos va a obligar a repensarlo, a volver. Madurar es la manera de reconciliarte o ver por vez primera aquello que llevas viendo toda la vida, ver con otros ojos tu pueblo, tus raíces, nuestra propia historia familiar, a comprender, al menos, si no es amarlo o a perseguirlo, entender por qué es así, no juzgarlo”. 

El mundo es sedentario con unos pocos nómadas, los feriantes son una parte de la civilización resistente a estarse quietos, que idealizamos pero que en realidad son tan normales o anormales como nosotros. “No había reflexionado sobre esa manera de ver el mundo relajada de mi abuelos feriantes totalmente contraria a los rituales de mi otra familia con una marcada jerarquía. Maneras de ser que tienen que ver con sus oficios, unos campesinos, el campo es algo que requiere mucha disciplina y eso cala en la forma de familia. La de mi madre es caótica, tiene que ver con la vida errante, es una vida dura pero que aporta mucha amplitud de miras. Ya no hay nómadas y los feriantes son los pocos que quedan”.

Sus abuelos son protagonistas de la historia y punto de partida.“No me di cuenta de que molaba que mis abuelos eran feriantes hasta una reunión de contenido en la que mi editor me dice que escribiera sobre ello y a raíz de esto surge este libro, de adulta te quitas todos esos prejuicios que de pequeña te avergüenzan, ojalá haberme dado cuenta yo sola, necesité que la gente me dijera que esto era extraño”, confiesa.

“Para mí la familia es el núcleo primero de pertenencia, en general prestamos poca atención, se habla poco de la familia y su sentido, precisamente porque no es una cosa electiva sino que viene dada. En mi experiencia personal, la familia es algo muy bonito, de adulta leo la realidad a través de ella, mi manera de ver el mundo está muy relacionada con el arraigo, con mis tradiciones y con mi propio deseo de querer formar una. Es el pilar de la sociedad, no somos individuos aislados sino que formamos parte de algo más grande, la familia, el municipio”.

En su libro hay sinceridad, un relato de voz libre, con diversidad de expresiones, polémicas para algunos. Argumenta que “la opinión pública y la publicada nunca han estado tan disociadas. Hay mucho interés político y mediático por polarizar y dividir a la sociedad, vender este relato de unos contra otros, les da votos a unos, ventas y clicks a otros. La realidad es mucho más compleja, si bajas al bar la mayoría de gente será más compleja que esos discursos encorsetados que lanzan. Se trata de que la opinión del pueblo es más difícil de clasificar en blanco o negro que los discursos políticos y mediáticos. Unos con otros tenemos mucho más en común que lo que nos quieren hacer creer. Me duele que traten de vendernos este relato irreal”.Feria tiene mucho de La Mancha, “tiene mucho de realismo mágico”. Una muestra de empatía, de la que se habla mucho y se quiere practicar poco, una muestra de que hay personas que miran el mundo desde otra perspectiva, consciente de que hay una realidad más compleja y no mira con condescendencia sino que trata de plasmar aquello que no quiere que se pierda, que le entusiasma. “Mientras quede un olivo en el olivar”. “No hay otros mundos, pero sí hay otros ojos” mientras suena Mar Antiguo de El último de la fila.

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