Amelia Tiganus: “La regulación de la prostitución convertiría al Estado en proxeneta” – para Diario 16

Por José An. Montero

Entrevista realizada por José An. Montero exclusiva para Diario 16, donde se publicó el 9 de marzo de 2020. La entrevista se realizó con motivo de la celebración el mes pasado de las jornadas organizadas por Patricia Espejo ‘Democracia y prostitución: un binomio irreconciliable’ en la Facultad de Ciencias Sociales del campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Amelia Tiganus. Foto: Ana Rosa Jiménez

Entrevista con la activista feminista y superviviente del sistema prostitucional. Amelia Tiganus (Galati, Rumanía, 1984) defiende la abolición de la prostitución desde la Euskal Herriko Mugimendu Abolizionizta (Movimiento Abolicionista del País Vasco), considera que lo único que diferencia a un putero de un violador es un billete.

Más de cuarenta años de democracia no han sido suficientes para legislar la prostitución, que anda instalada en el margen de la legalidad. Con un parlamento dividido entre los que defienden su regulación y los partidarios de su total prohibición, la ministra Irene Montero se ha declarado abolicionista y su ministerio tiene como horizonte la abolición de la prostitución mediante una ley contra la trata de personas con perspectiva de género. 

En el libro “La esclavitud en la Españas: Un lazo transatlántico” de José Antonio Piqueras, encontramos que a finales del siglo XVI eran aproximadamente unos 58.000 esclavos los que vivían en la España peninsular. Este número fue decreciendo hasta su práctica desaparición en 1766 cuando los últimos esclavos fueron expropiados por el Estado siendo liberados o vendidos a Marruecos. Oficialmente la esclavitud fue abolida en 1837. Casi doscientos años después se calcula que sólo en España hay más de cien mil mujeres sometidas a explotación sexual. 

En la lucha por la abolición de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual lleva muchos años Amelia Tiganus, activista feminista y superviviente del sistema prostitucional que la tuvo presa durante cinco años en estos “campos de concentración exclusivos para mujeres”. Un sistema que la secuestró al ser vendida a un proxeneta a los 17 años por 300 euros. Hoy lucha para que “haya paz para las mujeres y niñas de todo el mundo”. Para Amelia, las mujeres siguen siendo consideradas como “instrumentos a través de los cuales se obtienen beneficios de índole privada o pública. El control sobre nuestra capacidad sexual y reproductiva sigue impidiendo que vivamos en una democracia real”. 

“La regulación de la prostitución aumentaría la desigualdad estructural. Son las mujeres más empobrecidas de este planeta las que se ven obligadas a ejercerla”.

Rotunda en sus manifestaciones a favor del abolicionismo al que dice que se acaba llegando, porque a veces con toda la buena voluntad se plantea cuestiones como que se puede legalizar la prostitución como una actividad económica, pero no hace falta hacer experimentos crueles con vidas humanas porque la situación de las mujeres empeorará, como hemos visto en otros países, y los únicos que saldrán beneficiados serán los proxenetas convertidos en respetables empresarios”. Poniendo en duda que la prostitución sea ejercida libremente, “en algún caso aislado puede venir bien personalmente, individualmente o que lo haga desde su libertad personal, pero  la regulación aumentará la desigualdad estructural, siendo las mujeres más empobrecidas de este planeta las que se vean obligadas a ejercerla”. 

Habla, sabiendo de lo que hablar, que “la prostitución daña profundamente a las mujeres no sólo a nivel físico, porque todo lo que tiene que ver con las adicciones, los horarios, también a nivel psicológico lo que representa ser convertida en un objeto, en un mero receptáculo de semen, de ser manoseada, babeada, penetrada por boca, vagina y ano por cualquiera que al que le sobre un billete”. Una sociedad que deshumaniza a la mujer que es obligada a la prostitución. “Dejas de ser mujer, el sistema prostitucional te cosifica y te despersonaliza. Eso empieza con el propio origen del patriarcado cuando nos dividen entre las unas y las otras, las buenas y las malas, las putas y las castas. Esa dicotomía está muy presente aún hoy en día porque hay muchas voces favorables a la legalización de la prostitución que dicen que hablen ellas, como si no tuvieran que ver con todas nosotras. No nos reconocemos como iguales, ni las propias mujeres, ni vemos como eso nos afecta a todas las mujeres”.

También considera muy grave que la literatura, el arte o el cine, haya romantizado la prostitución, “mismamente la película Pretty Woman, que cada seis meses la vuelven a poner en televisión. Millones de mujeres ven eso. Suspiran con ser Vivian y que un putero las salve por una escalera de incendios. Eso es algo muy potente que se instala en nuestros deseos también. Juegan. Con estas técnicas de manipulación en masa tratan de que veamos la vida a través de los ojos del opresor, no ser capaces de reconocernos como individuos”.

Critica duramente los anuncios de clubs y la pornografía, “esta sobreexposición trata de conseguir que lo lleguemos a normalizar, ignorando todo de lo que hay detrás, en los anuncios se nos enseña a mujeres libres y empoderadas, cuando la realidad que vemos en los datos es que la mayoría de las mujeres prostituidas vienen de países empobrecidos de situaciones de vulnerabilidad absoluta. La historia no es la de mujeres que viven en una familia, gozan de todas las oportunidades y acaban en un prostíbulo en una carretera del estado español”. 

Amelia Tiganus. Foto: Ana Rosa Jiménez

Según los datos del barómetro del CIS, la prostitución no es una de las preocupaciones de la sociedad española, y “los políticos actúan en función de lo que da y quita votos. Aunque parece que la preocupación va en aumento, pero no por la prostitución, sino por la violencia sexual y la pornografía. Si luchamos contra la violencia sexual no podemos dejar de lado la pornografía ni la prostitución. La pornografía es la teoría, es prostitución grabada. A falta de educación sexoafectiva, la gente más joven se educa consumiendo pornografía. Hace un tiempo se empezó con la infantilización de la mujer con la depilación del pubis, hasta convertirse en la misoginia más explícita actual. Las chicas también ven pornografía, llegando a normalizar esas prácticas. Piensan que eso es el sexo y que si no disfrutan es por su culpa: por frígida, por mojigata… o sea, lo peor que se le puede decir a una joven. Eso también es un mecanismo que les obliga a hacer prácticas que no son deseadas, no son saludables, y que daña a una persona. Interesa putificarnos a todas. Estamos viendo entonces como esto se rearma, es decir, hemos podido romper con la moral cristiana y vamos a ser libres, pero no. El mercado se ha apropiado de nuestra oportunidad de realmente ser libres”. 

Para Amelia, el sistema prostitucional “forma parte de la industria global en el que las mujeres y las niñas somos la mercancía. Pero España tiene algo especial, su economía gira alrededor del turismo siendo importante como punto de entrada a Europa, tanto de África como de América Latina. Para el proxenetismo global es un lugar estratégico, por eso interesa muchísimo mantener esta situación de alegalidad, para que pueda facilitar y abaratar el coste de producto, porque si esto se legaliza aquí las chicas pierden valor. La legalización no nos va a beneficiar en nada, ni como sociedad, ni mucho menos a las mujeres, porque además de sufrir esa violencia, van a tener que pagar impuestos al Estado. Realmente estaríamos hablando de un Estado proxeneta”.

Mujeres convertidas en mercancía de una industria en el que “la vida útil en este sistema prostitucional es de dos a tres años, como mucho cinco. La cosa es el consumismo de usar y tirar. Cuando te han explotado tantísimo que ya no sirves y eres un trapo, te desechan. Somos mujeres desechables. A algunas se las manda a su país. En mi caso concreto, y en el de otras muchas mujeres, te dicen que ya no puedes estar ahí, que estás acumulando deuda porque tienes que pagar las habitación, por las que nos cobran una fortuna, las multas por no cumplir con las normas, la cocaína y el alcohol al que acabamos enganchadas para poder soportar todo eso. Nos dicen que no nos van a tener ahí dándonos comida y techo gratis. Nos vemos en la calle y tenemos que seguir poniendo nuestro cuerpo al servicio de cualquier hombre que nos quiera dejar vivir en su casa convertidas en esclavas privadas”.

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