A propósito de Woody

Por José An. Montero

En un 2020 que ha dejado desierto el trono de la Canción del Verano por falta de verbenas y chiringuitos suficientes para declarar un vencedor. Sin embargo, el libro del verano sí tiene un ganador. Hacía tiempo que no ocurría una victoria por knockout tan clara. Quizá la pandemia también nos ha vuelto algo olvidadizos, pero no recuerdo la última vez que un libro fue tema de conversación en las tertulias de las terrazas de verano, ese último reducto de conversación directa que nos queda, aunque distanciada y de mascarillas alternativas cumpliendo las normas. 

Imagen: Detalle del Bautismo de Cristo, de Pieter Pourbus. Museo de Bellas Artes de Sevilla. (Foto: María Ramos)

La autobiografía de Woody Allen ha conseguido rivalizar con la última serie no vista, algún que otro descubrimiento musical o con la película no estrenada entre los temas a debate en la sección cultural de las veladas estivales. Ese rincón de trascendencia que siempre reservamos en los márgenes de la polémica política o el mar de fútbol, que este año, hasta la espantada de Messi daba poco. 

Éste ha sido un verano de acaloradas conversaciones sobre la biografía de ese “piojo canalla nato” con necesidad genética de aislamiento llamado Woody Allen. Un libro que llegaba después de la renuncia de Hachette a su publicación, del litigio con Amazon por la retirada del contrato de la multinacional americana para producir sus cuatro próximas películas y que la crítica del Washington Post afirmara “If you’ve run out of toilet paper, Woody Allen’s new memoir is also made of paper” (Si usted se ha quedado sin papel higiénico, las nuevas memorias de Woody Allen también están hechas de papel). La polémica, las cancelaciones y las críticas feroces no han hecho más que acrecentar el deseo por leerlo. Da igual que “The New York Times” dijera que su tono es “sordo y banal”. 

Crucificado boca abajo como un sapo, con las vergüenzas al aire sin que haya paño de pureza que las cubra, Woody Allen no para de parlotear tratando de convencer al lector de que no lo clave en el corcho para diseccionar sus tripas. Allen, como cita explícitamente en el libro, compara las acusaciones de abuso sexual sobre su hija adoptiva Dylan con la era McCarthy, “a la que Lillian Hellman se refirió como «el tiempo de los sinvergüenzas» y durante la cual tantos hombres y mujeres atemorizados u oportunistas se portaron mal”. 

Detalles escabrosos sobre el caso Allen-Fallow para ilustrar a todos estos “Ciudadanos bienintencionados, rebosantes de indignación moral, que estaban la mar de felices asumiendo noblemente una posición en un asunto del cual no tenían ningún conocimiento. Teniendo en cuenta lo que todos esos cruzados sabían realmente, yo podría ser tanto una víctima equiparable a Alfred Dreyfus como un asesino en serie. Ellos jamás notarían la diferencia. (…) Sin embargo, nada de eso impidió que esos actores y actrices corrieran a competir entre sí para ver quién mostraba una actitud más enérgica. Por Dios, por supuesto que se oponían al abuso sexual de niños y no temían decirlo, en especial a partir de esos nuevos descubrimientos científicos en el ámbito de la física según los cuales la mujer siempre tiene razón”. Un barullo impresionante en la versión hasta ahora desconocida de Allen que sirve como argumento motor de esta autobiografía de Allen, que sitúa al lector ante la tesitura de tomar partido y que es seguramente la causa principal de su éxito de ventas. 

Más allá de este episodio que se extiende con todo detalle por más de la mitad de sus páginas, que nadie espere encontrar una teoría del mundo en este libro, sino más bien una colección de chascarrillos y chistes bien trenzados, prosa que funciona y mucho morbo. Allen es el rey del gag en diferido. Te cuela la frase ingeniosa y te das cuenta del puñal dos frases más adelante. Historias de conocidos y de amoríos que Allen relata como nadie en la máquina de escribir Olympia portátil, la misma que dice haber “usado para mecanografiar todo lo que he escrito, mis guiones, obras, cuentos, casuals (…). Todavía no sé cómo se cambia la cinta.”

Entre tanto nombre famoso en otros territorios y tanto romance, apenas queda espacio para hablar de cine. Menos de cuatro páginas, pero deliciosas, para hablar de Annie Hall, de su rodaje y de la ceremonia de los Óscar a la que no acudió porque estaba tocando jazz en Nueva York. Un ejercicio de destilación extrema que deja en esqueleto anoréxico la obra para los lectores cinéfilos, aunque deje pequeñas perlas del cine según Allen. Aunque no falten algunas perlas dispersas, se echa de menos algo más de detalle. “Después de años trabajando en el mundo del cine, mi teoría es que el problema casi siempre reside en el guión. Es mucho más difícil escribir que dirigir.”

Leer a “A propósito de nada” es como alargar la tertulia veraniega hasta el infinito y encontrarse con la noche avanzada rodeado de sillas vacías y Woody parloteando sin parar, a veces autocompadeciéndose, otras divagando y las más creyéndose el ombligo del mundo. Allen es de esos tipos que aunque no te importe lo que dice, no puedes parar de escuchar (o de leer) y menos en las largas noches insomnes de verano. Sabes que la mayoría de lo que te cuenta es una mezcla de verdades, mentiras y exageraciones, pero tiene la capacidad de encantar a las serpientes con sus palabras escondiendo la frase inteligente en el chiste fácil o viceversa. Nunca le darán el Nobel, pero tampoco consiguieron darle el Óscar en mano.

Este artículo de José An. Montero se publicó originalmente en Viceversa Magazine el 24 de setiembre de 2020.

0 Comenta

Artículos relacionados

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para analizar y mejorar su experiencia de navegación. Al continuar navegando, entendemos que acepta su uso. Aceptar Leer Más

Privacy & Cookies Policy