Una epifanía nadando a remo

En un mundo de cine tan heterogéneo, uno ya no sabe si está viendo una película taquillera o el directo de una ópera. Lo que empieza siendo una distopía se convierte en un experimento donde los grandes discursos y la arbitrariedad que rige el mundo se mezclan con planos secuencia y la increíble fotografía de Emmanuel Lubezki.

La acción no es acción, sino un trasfondo, un decorado que los personajes atraviesan como si nadasen en una barquita, atravesando la Laguna Estigia. El Mañana es un simple barco de pesca, pero su lectura es la misma que la Caronte, el pasaporte seguro para un siguiente plano.

De repente, en esas casi dos horas de camino al infierno, o al cielo, estamos atravesando también lugares comunes de nuestra memoria, la inmigración, la insurgencia, la superación de la derrota. Las epifanías son más reales de lo que imaginamos, sobre todo si nuestro mundo está sumido en la derrota, que además fatiga a nuestro protagonista. Como podría fatigarnos a nosotros.

Al final del recorrido por Hijos de los Hombres, uno sabe que tiene el corazón roto y no sabe por qué, ni cuando. Hijos de los Hombres es esa grieta necesaria a través de la ficción, para estar un poco más cerca de la realidad.

Esa es nuestra epifanía, solamente un poco de luz.

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