Big Van Ciencia, Ser friki mola, y la ciencia también

Desde que el mundo es mundo, el científico ha sido considerado una especie de bicho raro atrincherado en un laboratorio con la única compañía de sus ratas. Seres alejados de la sociedad, que rehuyen de todo aquello que esté fuera de la ciencia. Sus probetas y ellos, ellos y sus probetas; ni que todos los científicos se dedicaran a eso. Estereotipos hay en todos lados, esos que nos impiden pensar que una banda de científicos un poco frikis puedan ser graciosos, y mucho menos, ser ovacionados.

Un jueves cualquiera, el Auditorio de Cuenca se vio arrasado por una furgoneta. Era roja, aunque el color es lo de menos, lo importante venía dentro. De ella salía una troupe de tres científicos que decían que iban a recitar monólogos, pero monólogos graciosos relacionados con la ciencia. Efectivamente, teniendo en cuenta los estereotipos, esto no había quien se lo creyera. Una voz en off muy épica introducía lo que iba a ocurrir a continuación: “The Big Van: científicos sobre ruedas” aparcaba en bambalinas para salir al escenario.

Helena González aparecía como presentadora pidiendo al público que forzara la risa, que daba igual la sinceridad, que rieran sin más. Lo cierto es que no hizo mucha falta forzar nada, su desparpajo encandiló al público, tanto al científico como al de letras puras, que seguro que había unos cuantos. En su segunda intervención descubrimos que su campo de trabajo era la genética, un arma infalible para desmontar películas de superhéroes y fastidiarle el argumento al de al lado. Algunos se quedaron boquiabiertos al conocer al señor crispr, una herramienta molecular que permite modificar genéticamente, algo que nos pilla un poco lejano para los que somos culturetas, pero que según contó Helena, es la leche.

El segundo en salir fue el geólogo, Daniel García, que en Cuenca tiene bastante cabida, porque otra cosa no, pero piedras tenemos para vender y regalar. En su primera intervención nos habló de sus problemas de colon y de las flatulencias de la Tierra, una buena forma de empezar un monólogo. Nos enseñó que las migrañas y los terremotos no son tan distintos, y para ayudarnos a comprender lo que puede llegar a hacer un seísmo pidió la colaboración del público. Los del escenario representaban la rotura de la tierra, los de las butacas las ondas sísmicas y una chica gritaba aquello de “alerta” cuando era demasiado tarde y todo el auditorio había temblado.

El de en medio, que muchas veces es colocado ahí para hacer bulto, demostró que no, que tenía gracia y todo. El químico Oriol Marimon, que solo hizo una intervención, llegó dispuesto a revolucionar al público. Dos chicas voluntarias salieron al escenario arrepintiéndose desde el primer minuto de haber tenido el impulso de levantar la mano. Y es que la prueba no era nada fácil, porque tenían que hacer fuego con las técnicas primitivas: cuerda, palo y piedra.

Primero el químico le explicó a una lo que tenía que hacer, mientras la otra se fue a bambalinas para no escuchar. Y aquí llega el reto: hacer de trogloditas mientras la primera le contaba a la segunda cómo hacer fuego hablando el “unga unga”. Un circo cuyo final probablemente sería una bronca entre amigas con un “te mato por haberme sacado”.

Acabado espectáculo, tuvo lugar una ronda de preguntas, el momento en el que la gente aprovecha para irse; pero en este caso no fue así.Hubo preguntas interesantes, como la de la relación entre enfermedades mentales e inflamatorias, y otras… curiosas, por llamarlo de alguna manera, como la de chupar piedras porque se dice que los fósiles se quedan pegados a la lengua.

Pero la pregunta más importante era: ¿qué hacía tanta gente joven un jueves por la tarde en el teatro? Es un caso para estudiar. Quizá sean tanto o más frikis que los monologuistas, o quizá simplemente sea que son unos apasionados de la ciencia y les importa un bledo si alguien los llama frikis o no. Porque, ¿qué es ser friki? Ser friki ya no es ser el típico chico con gafas que pasa horas pegado a una pantalla jugando a videojuegos, o aquel que prefiere estar entre libros en lugar de rodearse de personas. Todos somos frikis, en aspectos muy diferentes, pero frikis al fin y al cabo.

Todos estos jóvenes, y los no tan jóvenes, se quitaron los prejuicios, si es que los tenían, y se dejaron llevar por los vaivenes de la ciencia (y de las ondas sísmicas), y quizá se ponga de moda eso de llevar bata y hablar con las piedras, quizá se ponga de moda lo de expresar abiertamente lo que amas, sin importar lo que digan los demás. Quizá se ponga de moda porque “Big Van ciencia” ha demostrado que se puede ser friki, científico y gracioso, sin que nadie tenga que forzar la risa.

Texto de Vanesa Moreno y fotografías de Victoria Falcó

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