Cuando soñábamos con molinos azules

Esta crónica se publicó con fotos de Álex Basha el 27 de junio de 2019 en Mundiario, Las Noticias de Cuenca, Voces de Cuenca, El Día Digital, Más Castilla-La Mancha, Diario Folk y en la Revista Íkaro (Costa Rica).

El laboratorio de experimentación teatral de Palanka Teatro estrenó ayer en el Teatro Auditorio de Cuenca “Sembraré recuerdo” de Julio Fernández Peláez.

Obra ganadora del V Certamen Nacional de Textos Teatrales “Cuenca a Escena”, al que se presentaron casi cien obras originales y cuyo premio es ver su representación sobre este escenario. Escribir teatro se ha convertido casi en un acto heróico. 

Julio Fernández Peláez recogió el premio antes de empezar la obra de la mano de Pilar Martín Sánchez, autora de la adaptación y la dirección. Después, se acomodó en el centro del patio de butacas para, desde allí, proyectar a través de su mirada a los personajes nacidos en su imaginación. 

Vengo de moler, morena, de los molinos azules. Vengo de moler, morena, los recuerdos de los hijos de los hijos. Esta tradicional canción castellana se convierte en el hilo musical de personajes que se han molido como el grano, convirtiéndose en mil fragmentos con los que tratamos de reconstruir el pasado. 

Vengo de moler recuerdos. El autor los extiende sobre su mano tratando de recomponer el puzzle imposible de un pasado poblado de realidades que la mente ha convertido ya en sueño. 

Un pozo cegado de piedras sobre el que gira la tragedia familiar que vamos recomponiendo desde el patio de butacas, creyendo, inocentemente, que con cada descubrimiento encontramos toda la verdad de los hechos. Dos hermanos que cruzan sus vidas y sus muertes bajo una ventana desde la que se ve el pozo y un manzano. 

Seres emparedados, aprisionados durante años que son siglos, y que tratan de esconderse de una guerra que continúa fluyendo subterráneamente. 

Dos hermanos, uno casi ciego, el otro que trata inútilmente de entender el mundo que le rodea y que cree que su ignorancia podría librarle de la mili pero nunca de la injusticia, vendrán a medirle con la vara de los poderosos. 

Julio Fernández pone en boca de sus personajes versos que un día pudieron ser refranes, o refranes que hoy nos suenan a versos. Un ritmo de lenguaje antiguo, sentencioso, al que se adapta el texto teatral para transportarnos a los tiempos en que la gente contaba las palabras como si fueran a hablar en verso. Un asfixiante mundo rural, parco en objetos materiales, donde cada uno de ellos acompañaba a los seres vivos a lo largo de toda su vida. Una mecedora donde cosía la madre y desde la que el hijo, ya anciano, trata de alcanzar los recuerdos que se convierten en grano molido en el reloj de arena. 

Vengo de moler, morena, los recuerdos que cruzan una y otra vez el tiempo, fragmentarios, difusos, colectivos, construyendo con estos mimbres una historia particular que es la historia de un pueblo. Falangistas que buscan a emparedados entre las casas del pueblo. Caminos habitados por guardias civiles que primero disparan y después preguntan. Historias de maquis y de fugados. Exilios exteriores e interiores. Amores que cruzan las trincheras. Vengo de moler, morena, nuestra memoria como si alguien, en algún lugar, no quisiera que fuéramos capaces de recordar dónde acaban estos juegos. 

Vengo de moler, morena, con sandalias zascandiles y flautas traveseras para sacarnos del sueño a golpes de pandero cuadrado. No fue un sueño. Nunca lo fue. Era lo que nuestro cerebro nos quiso hacer creer para ayudarnos a sobrevivir.

El milagro del teatro. Los años estudiantes de Palanka Teatro vuelven al escenario acompañados por los Zas!!Candiles, Javi Collado y Estela Molinero (ay, paradojas del destino). Que el autor siga soñando con molinos azules.

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