Los títeres callejeros que hacen pensar

Este artículo de Inés Villodre y José An. Montero se publicó con fotografías de Alex Basha y Marta Feiner, el 8 de junio de 2019 en Las Noticias de Cuenca, Mundiario, Mas Castilla-La Mancha, Mateo (Argentina) y Quinto Elemento (Argentina)

El espectáculo «Cóctel» de la Compañía Manu Mansilla (Argentina) hizo reír y pensar a carcajadas este jueves por la noche en el Teatro-Auditorio de Cuenca dentro de la sección Títeres Nocturnos de Tiricuenca 2019.

«No tener teatrino le permite a un titiritero improvisar». Con este lema del argentino Manuel Mansilla habla de ese títere de medio cuerpo que maneja y que es capaz de crear un espacio de complicidad con el espectador, sin importar su edad. Mansilla procede de los círculos independiente de teatro argentino. Allá hay un movimiento «muy grande, muy fuerte, de teatro independiente que se organiza para sobrevivir y que ha logrado establecer nuevas relaciones con el público y nuevas formas de hacer, sin perder por ello los objetivos mismos del teatro». En Argentina existe una fuerte tradición del títere, que se manifiesta por medio de una fuerte herencia y un gran compromiso cultural, aún más visible en el teatro en la calle.

Un foco y un pequeño espacio le sirvieron para sacar a relucir la identidad, la relación entre el títere y el titiritero, hablar de la belleza o la muerte y de las relaciones con el mundo, pero también con nosotros mismos. Vidas que se anhelan.

«A mí me ayuda hablar de un montón de cosas, compartir un montón de inquietudes. Cosas que me han pasado o que me pasan a diario», nos confiesa Manuel Mansilla, «a veces he ido resolviendo cuestiones con el público, en un trabajo de simbiosis dramática y conflictiva con ellos». Luis es uno de sus títeres protagonistas que interpela a los espectadores, creando sus propios códigos y sus bromas internas.

Hace once años que comenzó Manuel Mansilla su andadura profesional con unas clases particulares con una profesora búlgara que le ayudó a preparar su ingreso en la Academia de Teatro. Once años sobre todo de acercamiento y creación con el público en la escuela de la calle en un recorrido en el que se ha despojado de muchas cosas construyendo una narrativa propia.

Rollos de papel higiénico y pañuelos que consigue transformar en personajes, «Me gusta terminar sacándome el títere y dejándolo a alguien de público. Deberíamos tener la posibilidad de cada cierto tiempo despojarnos de casi todo y volver a empezar».

Manu Mansilla le gusta trabajar en la calle, aunque su retablo salga volando por los aires, como le ha pasado en alguna ocasión. También le gusta viajar ligero de equipaje y encontrar libros por el camino. Descubrirlos en la casa de amigos y leerlos con la urgencia del que tiene partir. Esas lecturas se van fusionando con sus experiencias en la interpretación. «Es una materia pendiente en las escuelas de teatro de títeres, la lectura, habría que tener una materia que sea lectura».

Sobre el escenario trata de arrancar una sonrisa o una carcajada al espectador, «hay gente que se ríe de cosas que vos decís en el espectáculo. Hay risas que escucho desde el escenario que son muy sádicas. Otras que son muy bonitas. Incluso las hay que se ríen por no llorar».

Los titiriteros a veces nacen, a veces se hacen. Manu Mansilla soñó serlo en el teatro San Martín de Buenos Aires y sigue queriendo serlo en el Teatro Auditorio de Cuenca al que vino acompañado de sus títeres. Como los titiriteros, «hay títeres que nacen sabiendo que son títeres y hay otros, que lo van descubriendo con el paso del tiempo».

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