Moby Dick: Llamadle Pou

Este artículo se publicó el 18 de mayo de 2019 en La Tribuna de Cuenca con el título ‘Moby Dick’ hace en Cuenca la antepenúltima parada de su gira

Moby Dick, con José María Pou, Jacob Torres y Oscar Kapoya, dirigida por Andrés Lima, con texto de Juan Cavestany basada en la obra homónima de Herman Melville se representó en el Teatro-Auditorio de Cuenca el viernes 17 de marzo de 2019.

El Teatro-Auditorio de Cuenca volvió a recibir ayer a José María Pou, uno de los grandes de la escena española. Su sola presencia en el cartel es suficiente para acudir a la cita. No defrauda. Lo pudimos ver por última vez hace tres años, cómo pasa el tiempo, con la obra ‘Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano’ que reflexionaba sobre la corrupción, la democracia y la dignidad. Aquel día vimos morir a su personaje de una forma poética y digna. Nada que ver con la muerte épica del capitán Ahab en pleno combate con las sombras de la gran ballena blanca.

‘Moby Dick’ hizo en Cuenca la antepenúltima parada de la gira. Un montaje dirigido por Andrés Lima y en el que Pou estuvo acompañado sobre las tablas de Jacob Torres (Starbuck, Ismael) y Oscar Kapoya (Pip). Un texto titánico de Juan Cavestany que condensa poéticamente la esencia de las más de setecientas páginas del ‘Moby Dick’ de Melville en una hora y media de función. Sólo tres actores en escena, una apuesta arriesgada, dado que tanto Jacob Torres como Oscar Kapoya interpretan a varios personajes, dejando fronteras difusas.

Como siempre, un soberbio Pou cuya voz es capaz de luchar de frente contra un mar en forma de música embravecida y sombras tenebrosas. Ambientada en torno a 1850, momentos en los que la esclavitud y la caza masiva de ballenas era habituales, el verdadero horror parecía ser perseguir a un ser con nombre, ‘Moby Dick’. Decorado, proyecciones, bruma e iluminación que nos trasladaron a un siglo XIX con cierto aroma de steampunk futurista.

Las crónicas nos hablaban de una especie de segunda parte del rey Lear que interpretó en 2003, también bajo la dirección de Andrés Lima. Aunque es innegable el acento shakesperiano de la obra de Melville, ayer en el Auditorio, pudimos también ver un capitán Ahab que nos recordó a un Don Quijote empeñado en convertir los molinos en gigantes, en una versión de la locura cervantina más oscura y autodestructiva. Una obra que nos dejará en el recuerdo a un Ahab mirando de frente al público con la luz del mar golpeándole la cara y el viento azotando su espalda, tratando de convertir la agonía larga y dolorosa que le espera en una muerte gloriosa en la batalla contra el monstruo marino. La justicia o la injusticia en forma de soga pondrá el punto y seguido. “Llamadme Ismael”. En el teatro, el final es sólo el comienzo de la siguiente representación. Rueda eterna. Aunque esta vez, algo en el ambiente sonó a despedida.

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