La muerte, un viaje más de nuestra alterada existencia

Carmen y Marina nos cogen de la mano para hacer una introspección hacia nuestro interior, a través de su exposición que inauguraron el martes dos de abril.

Antes de entrar, nos encontramos con la cortina que nos avisa de que los colores rojo y rosa van a estar muy presentes a lo largo de nuestro viaje espiritual, porque cuando te introduces en la sala, tienes la certeza de que vas a olvidarte del exterior. Ellas se han propuesto tocar aquellos sentimientos egoístas y camuflados que llegamos a tener las personas, para que seamos capaces de desenmascararlos. Todos tenemos algo que esconder, intentamos hacer creer que somos perfectos, cuando por dentro el rencor, la envidia, el egoísmo… nos están marchitando.  Por ello, si queremos enfrentarnos a ellos, tenemos que reconocer que cada uno de nosotros tiene una verdad escondida, como dijo el Monstruo de la película “Un monstruo viene a verme”:

“Sabes que tu verdad, esa verdad que escondes, Conor O’Malley, es lo que más miedo te da en el mundo”.

Nuestro tour empieza en un inodoro con la cisterna cubierta de flores.  Y sí, como habíamos avisado, es de color rojo. Muchos no podremos evitar encontrar el símil entre esta obra de arte y la del vanguardista Marcel Duchamp, que en una exposición de 1917 en Nueva York, presentó también un inodoro. No hay duda de que Carmen y Marina están de acuerdo con el experto en arte Simon Wilson, cuando dijo “la noción del arte de Duchamp según la cual el arte puede ser cualquier cosa, ha despegado al fin”.

La siguiente parada es la “Zona de fumadores”. No, no es una zona de descanso para fumar en ese punto, sino que es la frase “fumar mata”, pero en imágenes. En cada fotografía vamos a encontrar nuestro destina final: el cementerio. Nos olvidamos de que somos personas con un final, pero no lo queremos reconocer, por eso, enterramos a aquellos que han fallecido en lugares que estén apartados de las ciudades, sobre todo de aquellas que son de tradición católica. Estamos haciéndolo mal, nuestras artistas piensan que los cementerios son un lugar más, es decir, otra parte de la realidad que no tenemos que ignorar ni rechazar, y por ello, deberíamos seguir el ejemplo de otras culturas, como puede ser la americana, que sitúan las lápidas al lado de los parques que suelen visitar tanto niños como adultos.

Si bajamos la mirada al suelo, nos encontramos un con pintalabios rojo de la marca YLS, que fue un regalo de la abuela de Carmen. Ella se ha desmaquillado con papel higiénico y lo ha dejado en el suelo, como lo hacemos muchas de nosotras, tras pasar el día y llegar, por fin, a casa; porque lo primero que hacemos es desmaquillarnos para quitarnos toda la suciedad que hemos ido cogiendo. Mientras se desmaquilla ha dibujado un par de líneas paralelas con su pintalabios. Está marcando, a su manera, el hilo conductor de aquello que hace de manera rutinaria, como aquel que señala los días que pasa en la celda.

Si algo destaca en esta exposición, es el uso de varias técnicas artísticas en una misma, que es lo que nos vamos a encontrar a continuación. Han bordado, han pintado con rotulador, en parte con acrílico, para recrear en bustos las esculturas de la Antigua Grecia, donde la representación artística del cuerpo humano respetaba unos cánones y seguir la idealización que tenían sobre estos. Pero si nos fijamos bien, encontramos también, la idealización que tenemos sobre nosotros mismos, para luego hacernos meditar sobre si realmente nos conocemos tanto como pensamos; y cuando ocasionalmente lo hacemos, nos encontramos con pensamientos desfavorecidos que no nos aportan nada, como pueden ser la envidia o el ego. Por ello, una de las obras está bordada de tal manera que, si tiramos, se deshace todo, y afirmar así, una vez más, que somos perecederos. Dentro de estos bordados, queda uno que ya no es un busto, sino que, como nos ha explicado Marina, es un “contenedor” donde el contenido es un collage de retratos dibujados a rotulador demostrando que somos un conjunto de personas y no una entidad individual. Estamos compuestos de experiencias y personas que nos van influyendo.

Pero esto no es todo, pensábamos que los jóvenes ya no tenían a mano televisores antiguos, ¿verdad? Pues sí las tienen. Marina y Carmen se las han traído para explicar desde su perspectiva, la frase que tanto escuchamos “los ojos son el espejo del alma”. Marina se ha cuestionado: ¿qué es realmente el espejo de las personas? Al indagar encontró la verdadera transparencia que se esconde, no solo detrás de esas miradas capaces de inquietar, sino de algo tan desapercibido como pueden ser los gestos. Algo que revolotea ausente, tan descuidado que consigue, sin ser apenas consciente, ser el reflejo de tantas almas. Para enfrentar los rostros con las manos, decidieron usar televisores antiguos, ya que, según ellas, tienen más personalidad, y sus píxeles son más peculiares.

Acercándonos hacia el final nos encontramos con la cultura Ikea, donde la mayoría de los hogares tiene algún producto de esta marca, aunque eso no quiere decir que sea de una calidad alta, porque la gente siempre se fruta cuando le falta algo, no sabe montarlo o directamente no entiende las instrucciones.  Por otro lado, está el concepto de tipical spanish, donde de cara al exterior la imagen que tienen de nosotros se resume en flamenco y toros, cuando dentro del país los españoles van mucho más allá que esos dos conceptos. Justo haciendo esquina y localizado debajo de un foco estratégicamente para darle más carácter, Marina ha colocado un autorretrato a través de una escultura que mortaliza un gesto que realiza mucho, pero también para hablar de cómo el cuerpo está unido al espacio, de ahí que tenga el mismo color que la pared. Tanto la mano como la pared representan lo arraigados que estamos a nuestras raíces, nuestro entorno, nuestra ciudad de origen, en fin, nuestra zona de confort.

En todo momento durante la exposición nos girábamos al notar la figura de alguien detrás nuestra, hasta que nos hemos acostumbrado a su presencia. Es el maniquí de color rojo y el cuerpo idealizado que nos quieren imponer los anuncios y las altas marcas de ropa. Es un cuerpo rígido que no tiene ninguna naturalidad ni tampoco espontaneidad; al contrario de los trazos que tiene dibujados en su superficie, que recuerdan mucho al estilo del artista Matisse. Estos trazos curvados que toman vida propia, sí que los asemejamos con la realidad.

Para cerrar el círculo que hemos trazado, está al altar de la fallecida artista conocida como “La Veneno”, que se ha convertido en un icono para nuestra generación, ya que, a pesar de vivir en una España profunda, llevó su vida siendo prostituta y transexual. El altar también quiere romper con la barrera que se quiere imponer sobre que la religión es para aquellos pocos que sigan estrictamente las escrituras, pero ni Carmen ni Marina están de acuerdo, ya que tradiciones religiosas como puede ser la Semana Santa sigue vivas gracias a todas aquellas personas que no van todos los domingos a la iglesia. A pesar de que “La Veneno” nunca será santificada por aquellos pocos, ellas le han levantado su propio altar para aquellas personas que tienen como primer lema “dar amor y respeto a todo el mundo”.

Queremos recordar esto como una flamante exposición completa de elementos tan perceptibles como abstractos, capaz de atraparte y sumergirte en reflexiones tan repletas de cuantiosa sabiduría, como desbordante sensatez que también rompe con los propios estereotipos artísticos donde se prohíbe tocar las obras, mientras que ellas no tienen ningún problema en que los curiosos deslicen sus dedos por la superficie de aquello que han creado con sus propias manos.

Una indagación apta para poder llegar, de alguna manera, a valorar la vida y dejar de contemplar la muerte como algo destructivo, y comenzar a visualizarla como un viaje más de nuestra alterada existencia.

Texto escrito por: Lydia García Sáez y Sukaina Benomar Benomar

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