Arte Postal: Internet reloaded

Con nuestros aires de especie superior nos creemos infalibles y todopoderosos. No hay problema que se nos resista ni frontera inalcanzable. En los ochenta Internet se conectó al mundo o el mundo se conectó a Internet, reproduciendo el eterno dilema del huevo y de la gallina. Entonces se pensó Internet como una gallina ecológica criada en suelo que ponía huevos gratuitamente para todo aquel que tuviera hambre. Un espacio neutral donde todas las gallinas eran iguales y donde todos los huevos eran neutrales. Pasó el tiempo empezaron a enjaular a las gallinas, a darle proteínas, a vigilar y a vender los huevos. El lobo vigilando el gallinero. Un desastre de sobreinformación, noticias falsas y macroempresas globales que todo lo miran y todo lo ven.

El mismo debate, aunque más inocente, que tuvieron a finales del siglo XIX cuando a alguien se le ocurrió eliminar el sobre y dejar nuestros mensajes al descubierto rompiendo ese tabú cultural de la intimidad de los mensajes. Cartas a la vista de todos. Adiós Celestinas del mundo y correveidiles que iban de balcón en balcón transmitiendo los mensajes más secretos. Rota la privacidad, llegan nuevas inquisiciones y nuevos guardianes de la moral para comprobar que todo estaba donde tenía que estar.

Jaron Lanier nos habla de nuestra renuncia a poner límite a “estúpidos monopolios” convertidos en los nuevos franqueos privados que dan acceso a la red. La ética del dinero. Necesitamos volver la vista atrás y recuperar viejas ideas que quizá hayamos descartado demasiado rápido. Una convocatoria universal para tratar de arreglar la red entre todos, porque el llamamiento que hace Douglas Rushkoff en su último libro para tratar de recuperar nuestras instituciones culturales y mercados “que una vez fueron fuerzas para la conexión y expresión humana, ahora nos aíslan y reprimen”.

Recuerdos desde la playa en la que no ha dejado de llover desde hace mucho tiempo. Fin del optimismo. Ya no quedan buzones en nuestras calles desde los que enviar postales de playas soleadas.

Foto de Alex Basha

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