Els Jóvens: Cómo cantar jotas y seguir siendo un moderno del Raspeig

Una de las peores cosas de estos tiempos de hiperconexión en que vivimos es que apenas hay espacio para la sorpresa. Es difícil encontrar un grupo del que nadie te haya hablado antes, un sonido que te cueste etiquetar fácilmente y que te cortocircuite el cerebro buscando un cajón en el que ubicarlo. Algo así me ocurrió ayer con Els Jóvens en el Teatre Arniches de Alicante.
Tarde de domingo con pocas cosas que hacer y un teatro, el Arniches, que apetecía descubrir. En ese momento, lo de menos era el espectáculo que ofreciesen. A seis euros la entrada tampoco era como para pensarlo mucho. A partir de ahí, un torbellino de sensaciones, casualidades, descubrimientos y “visiones raras”.

Eran las dos últimas entradas disponibles del aforo del Arniches. Como después comentó Pep Mirambell desde el escenario, los ocho miembros del grupo habían estado haciendo el seguimiento en directo desde los camerinos de la venta de las últimas entradas y de cómo colgaron el cartel de «No hay billetes» (en perfecto valenciano, supongo).

En ese momento no tenía ni idea de que Els Jóvens habían ganado cuatro galardones de los Premis Ovidi Montllor (entre ellos a la mejor canción por Anís Tenís) y tres premios Carles Santos de la Música Valenciana (mejor canción, grupo revelación y mejor disco del año).

En ese bello escenario, alejados de las despedidas de solteros y del ambiente guiri de la zona del Meliá, el Arniches se convirtió en un delicioso baño de cultura local, pura y mestiza a la vez, un concierto casi completo en valenciano en que lo de menos era entender la letra, aunque me temo que era el único que no entendía nada. Qué más da.

Sobre el escenario el dúo de cantantes, Pep Mirambell y René Macone, que dejaron claro que son de Sant Vicent del Raspeig. Un cruce entre un grupo de hipsters barbudos, una orquestina fallera, unas gotas de Antònia Font y mucho de irónica parodia. Ellos se definen como “Nu Rondalla”. A saber.

Ocho músicos sobre el escenario que hacen desfilar bandurrias, laúdes, guitarros y también botellas de anís, panderos cuadrados, cucharas de palo o castañuelas que entre bigotes, barbas y jerseys de lana forman un cuadro escénico imposible entre jotas, canciones propias del festival de Benidorm, canciones de quintos y cualquier sonido que se les venga en gana.

En sus canciones hablan del fantasma de la Mascletà o de los xiquetes de «hui en día». Códigos locales indescifrables para el que no sea del mismo Sanvi, pero que de tan hiperlocales acaban siendo globales. Dos voces con mucha retranca que miran al mar desde el Postiguet. Dos tipos que miran al mundo desde su barrio y no pasa nada, salvo que nos pongamos transcendentales y tampoco es el caso.

He empezado a tener visiones raras y salgo del Arniches con ganas de hablar en valenciano al primer guiri que me encuentre como si fuera del mismo Raspeig, mientras pienso en que tengo ganas de volver a escuchar a Els Jóvens jugando fuera de casa. Si mantienen al menos el cincuenta por ciento de lo que anoche demostraron en el Arniches estamos ante algo grande.
Qué grandes momentos nos brinda la ignorancia.

Nota final: La mi**** de foto que ilustra el reportaje es una prueba irrefutable de lo improvisado del tema. Desde la última fila del Anfiteatro y con el teléfono móvil tampoco se puede pedir más. Pero había que dejar constancia del descubrimiento aunque fuera con esta imagen tan lamentable. Esperemos que haya una segunda oportunidad.

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