La Bojiganga o cuando la vida deja de ser un sueño – en Nueva Tribuna

Que Calderón perdone a los malos rimadores y a los malos actores. A los que apuñalamos sus versos para escribir crónicas o declamarlos malamente. Pero bien valen de excusa, como ‘La Bojiganga’, el montaje de la compañía Teatro del Cuervo que hizo parada dentro de su gira en la Feria de Teatro de Castilla y León. Bajo el lema “aventuras y desventuras de una compañía del siglo de oro por la españa del siglo xxi» estas cuatro actrices y un actor que forman el elenco tratan “de mantener viva esa llama del teatro que parece no importa a nadie más”, camuflando entre versos de Lope, Calderón o Cervantes la historia cotidiana de cientos o quizá miles de actores, pintores, cantantes que dudan si subirse de nuevo a la carreta del titiritero o quedarse al borde del camino dándose por vencidos.

Cada año las escuelas de arte dramático y de artes plásticas forman a cientos, quizá a miles de jóvenes promesas artísticas, que salen a la calle con el sueño de convertirse en grandes figuras del espectáculo o del arte. Un retablo de las maravillas se pondrá ante sus ojos, un retablo llamado así por las maravillosas cosas que en él han de suceder, el cual fabricó y compuso Dionisos y donde habitan las nueve musas del teatro, y donde somos contagiados “destas” dos tan usadas ilusiones, la fama y el aplauso.

En ‘La Bojiganga’ encontramos la dureza del camino, del fracaso, de los sueños frustrados, de los montajes fallidos, de la derrota final, todo ello escondido entre los versos del Siglo de Oro. Un ejército de panaderas, dependientas, diseñadoras, camareras o aspirantes a influencers salidos de las aulas de las escuelas de arte dramático. No es un drama. Es un bellos sueño con tintes de comedia que esconde bajo el rico vestuario del siglo de Oro, las mallas y camisetas negras del teatro experimental o del uniforme de una franquicia. 

En esta carreta de cómicos de legua que ya son sólo recuerdos de lo que quisieron ser habitan Bárbara Rodríguez, Alejandro Hidalgo, Ángela Tomé, Lidia Méndez y Paula Del Estal, siendo ellas mismas, pero también Laurencia, Don Alonso, Doña Inés, Chanfalla, Rosaura, Segismundo o Chirinos en un carromato donde el verso del siglo de Oro sirve como hilo argumental a los sueños que se fueron quedando en el camino. 

Los trajes con sus corpiños vuelven a reposar en los maniquíes del pasado y una voz nos devuelve a la realidad. Por favor, señorita, puede traerme un vaso con hielo, el café que me ha servido está demasiado caliente y no hay verso que no se queme al tomarlo. Así están las cosas. 

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