El animal de compañía y el hombre, una perpetua relación de dominancia.

Los animales son seres enigmáticos. Su lenguaje verbal, siempre tan misterioso en felinos y tan transparente en caninos nos lleva a cuestionarnos cuál es esa límpida comunicación que tenemos con ellos, por qué es que decidimos objetivarlos y hacerlos de nuestra propiedad. ¿Es que acaso somos nosotros los que decidimos cuando un animal nos pertenece o son ellos los que deciden qué humano les pertenece? Uno no conoce el límite y concepto de la dominancia hasta que lo vive en carne propia, hasta que uno escarba en las preguntas que retumban en la cabeza gritando,  buscando con tal necesidad nuestra razón de pertenecer a este universo.

Y como humanos, muchas veces nos cegamos ante las expresiones repletas de vida que nos rodean, pensando que somos los únicos capaces de comprender este loco mundo. Normalizamos la dominancia de aquellos seres que no tienen voz y que llamamos animales, para centrarnos más en un cerebro lógico que jamás terminamos de comprender. Y quizás ese es el mayor error del hombre, el ser tan individualista que pretende resolver todo con la razón dejando de lado la emoción, el sentir. ¿Y qué ganamos dominándoles? Nada más y nada menos que mera ignorancia, egoísmo y aislamiento.

La exposición del reconocido artista Raúl Hidalgo,  “Animales de compañía: imagen y semejanza” refleja esta clase de cuestionamientos a través del montaje de más de 80 objetos, cada uno de ellos posicionado de forma estratégica en un espacio expositivo muy peculiar: una antigua capilla del convento de las Angélicas situada en el centro histórico de Cuenca. Rodeado de animales disecados, láminas, cráneos y hasta una réplica de un dinosaurio del Museo Paleontológico, el espectador se enfrentará a encontrar su lugar en medio de la naturaleza salvaje que había quedado en las penumbras del colectivo social. Por medio de ejes centrales e interrelacionados, Hidalgo logra con maestría relatar el pasado y el futuro de la humanidad a través de los animales, ubicando y recordando al mismo hombre como lo que es: un animal más.

Y, a pesar de que la relación de dominancia entre individuo/animal perdure, es innegable la relevancia formativa que tienen los seres vivos en nuestra vida diaria. La dominancia no solo persiste en un beneficio cultural y social, sino que el simbolismo que la persona es capaz de darle a estos seres con el único fin de comprender su entorno es tal, que cada expresión cultural hace del animal no solo una compañía, sino también funge como imagen y semejanza de las más bellas producciones culturales que puede tener el hombre: el arte.

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